Si algo he aprendido en todos estos años que llevo usando Linux es que a menudo se confunde la libertad de elección con la mejor elección, y no es una diferencia pequeña. Los motivos que cada persona atesora en su interior para abrazar el software libre como referencia de cabecera son muy diversos; hay quien, como yo, prefiere usar alternativas libres en la medida de lo posible por la filosofía de vida que conlleva y el nivel de control que me permite, sin olvidarme de la hermandad comunitaria que se crea en torno a una forma de entender la informática que va más allá de la mera informática.

No estaría exagerando si dijera que Linux reúne ciertas enseñanzas vitales extrapolables a otros campos de la vida (cooperación, altruismo, etc.), que no vendría mal aplicar a feudos tan supeditados a los flujos de dinero como las políticas nacionales y el desarrollo social en general. Pero también hay personas que necesitan sacar adelante trabajos muy concretos, o que tienen necesidades muy específicas, y que las alternativas de código abierto hoy por hoy no cubren en su totalidad. ¿Qué deberían hacer entonces? ¿Conformarse con un programa que no les sirve o utilizar aquel que mejor se adapta a sus requerimientos? ¿Deberían, en el segundo caso, ser condenados al ostracismo por traicionar los principios que con tanta vehemencia encarna Richard Stallman?

La ética es un campo traicionero, si es que vamos a enfocar este asunto desde una perspectiva tan abstracta y relativa -o así lo entiendo yo-. El desarrollo histórico cultural nos ha dejado bien claro que no todas las comunidades humanas comparten los mismos valores, por tanto sería arriesgado e incluso ingenuo hablar de la existencia de “valores superiores o universales”. Convenimos tácitamente -y por conveniencia-, en tanto que somos seres sintientes y disfrutamos de una existencia bastante “ordenada”, que causar daño a otro ser vivo está mal, pero un contexto mundial altamente competitivo le daría la vuelta al concepto de civilización en un visto y no visto (léase aquí referencia oculta a un hipotético apocalipsis zombie). Lo mismo ocurre con Linux: sobre el papel, es un ideal y una realidad que la humanidad debería de nutrir e impulsar, porque podría beneficiar a todo el mundo independientemente de sus recursos económicos, ayudando al progreso desinteresado. Lamentablemente, los gobiernos o las multinacionales buscan riqueza, no sueños.

Lo que quiero decir con esta perogrullada es que no hay “camino mejor”, sino formas de recorrer un mismo camino, y que esas formas dependen mucho del contexto y la necesidad. Puedes afrontar el trayecto en bicicleta, a pie o de rodillas, pero en última instancia es tu decisión e idealmente no deberías tratar de convencer a nadie de que haga lo mismo, por mucho que creas que los demás están equivocados. Todos nos queremos sentir orgullosos de nuestras elecciones y compartir la alegría que experimentamos cuando sentimos que hemos tomado la decisión “correcta”. El problema es que nuestros semejantes han recorrido un camino distinto y a lo mejor nunca podrán comprender lo que nosotros comprendemos, y viceversa. Por ello, aunque el software libre tiene un enorme atractivo para un determinado grupo de personas, para otros será una simple quimera, una utopía irrealizable.

Así, a la hora de enfrentar el software libre y el software de código cerrado, con frecuencia los valores e ideales se quedan en un segundo plano; el verdadero dilema en una sociedad fabril obsesionada con el tiempo se reduce a la “utilidad” del programa en cuestión, al pragmatismo puro y duro. Por implantación en el mercado, apoyo corporativo e inversión económica, el software privativo suele ofrecer un nivel de calidad innegable y un soporte en consonancia; ¡faltaría más! Cumple con su cometido porque las empresas que lo han diseñado quieren ganar dinero a través de él; en caso contrario, se habrían quedado de brazos cruzados. Tampoco están dispuestas a compartir sus descubrimientos a la ligera, por lo que sus avances son como cuadros que no puedes tocar, solo mirar.

En cambio, el software libre intenta hacer las cosas de otro modo, garantizando transparencia y libertad, ofreciendo la posibilidad de contribuir a cualquier proyecto -o de copiarlo, modificarlo y redistribuirlo-. En este sentido, el software libre no se reduce a un producto con el que mercadear; se parece más a la transmisión del conocimiento que la humanidad ha experimentado desde la época de las cavernas a la actualidad. Imaginad por un momento qué hubiera pasado si los cavernícolas hubiesen patentado las herramientas de sílex o la forma de curtir pieles, impidiendo la imitación gratuita, el boca a boca, los cuentos pasados de abuelos a nietos -y que eran enseñanzas vitales en toda regla-. Dibujad en vuestra mente a un cromañón hipstérico acudiendo a la oficina de patentes de su asentamiento, para patentar un rudimentario diseño de cachiporra. Suena ridículo, ¿a que sí? Con tantas trabas para la imitación y el desarrollo social, posiblemente aún estaríamos viviendo en cuevas y ni siquiera tendríamos un idioma que compartir.

Tenemos ante nosotros la eterna lucha de David contra Goliath, donde Goliath es una multinacional con recursos y capacidad para adaptarse y cambiar, para crear necesidades artificiales mediante marketing agresivo o acuerdos con gobiernos, etc. Y David (el díscolo David en taparrabos) suele ser uno de esos pobres desarrolladores que dedican su tiempo libre a un ideal, a un proyecto de código abierto, sin cobrar ni un mísero céntimo por su trabajo, quizá para aprender, quizá para contribuir, quizá porque cree que el conocimiento debe ser libre y piensa que el software privativo funciona muy bien, pero no ayuda a nadie. Claro que tampoco faltarán los usuarios que, después de descubrir los más que previsibles fallos del programa o sistema operativo en cuestión, se dediquen a desprestigiar el esfuerzo ajeno sin miramientos.

No obstante, todos tenemos que hacer ejercicio de autocrítica de cuando en cuando y tratar de ser razonables. Quizá el mundo no está hecho para permitir “sueños e ideales”; quizá hoy en día solo importan los réditos y los plazos, los porcentajes, los ratios. Aunque una civilización edificada sobre el egoísmo y un deliberado control sobre el progreso cultural no es éticamente incorrecta, por eso de que todo es relativo, al final ese modelo sí origina consecuencias para los más desfavorecidos y también para el ecosistema de proyectos y tecnologías informáticas. Cuando las instituciones y el mundo empresarial utilizan software privativo por defecto se produce un efecto dominó: los programas han de ser compatibles, los alumnos tienen que usar MS Office para sus actividades escolares, etc., y al final necesitas ese software sí o sí para asegurar la calidad de tu trabajo.

Lo único que pido, como mera voz opinante, es que tomemos nuestras decisiones siendo conscientes de sus consecuencias, pero que no tratemos de evangelizar a nadie en ninguna de las dos direcciones (software libre o software privativo), porque será un debate estéril. Ambas tienen sus ventajas y desventajas, son caminos alternativos y a veces paralelos. Uno fundamenta el progreso en el dinero, y lo hace bien, mientras que otro lo fundamenta en la libertad, aunque le cueste un poco más. Desde mi punto de vista, y por mis convicciones y necesidades, prefiero la alternativa libre en la medida de lo posible y sinceramente creo que a largo plazo es la mejor, pero jamás señalaré con el dedo a quien opine diferente, ni tampoco dejaré de usar X programa privativo si su contrapartida opensource no encaja con lo que busco.

Y si habéis llegado hasta aquí, os merecéis una medalla. En serio, muchas gracias por vuestra atención.